El poder del ejemplo
Hace muchos años, en mi primer trabajo como docente y antes de ser profesora Suzuki, recuerdo dar clase a un alumno a quien, semana tras semana, tenía que recordar que cuando tocara una nota con el dedo 3, debía colocar los 3 dedos a la vez. Él solía levantar el dedo 2, mientras el 1 y el 3 permanecían en el diapasón; (en el chelo, siempre que tocamos, excepto en el vibrato, colocamos la mano en bloque, es decir, si ponemos el dedo 3 nos referimos a poner los dedos 1, 2 y 3). Un día en clase, cuando le volví a recordar que bajara el dedo 2 cuando tocara el 3, me contestó: «pero si yo tengo que bajar el dedo, ¿por qué tú no lo haces?». Me quedé estupefacta, porque ni siquiera había sido consciente de que, efectivamente, yo lo estaba haciendo mal. Caí de bruces en la expresión: «haz lo que digo, no lo que hago».
El espejo humano
Desde que nacemos somos como esponjas: absorbemos todo lo que vemos, escuchamos, sentimos o apreciamos de nuestro entorno. Aunque la genética tiene mucho que aportar, el ambiente, sin duda, va moldeando nuestro desarrollo como personas. Por ello no es casualidad que los más pequeños de la casa copien conductas de sus padres, madres, hermanos y amigos, y que veamos reflejadas estas conductas en el día a día.
Imitar es una de las capacidades innatas de nuestra mente, al igual que lo es aprender, y aquí es donde las «neuronas espejo» tienen un papel muy importante. ¿Has probado a sonreír a una persona que no conoces? Te habrás dado cuenta que en poco tiempo verás de vuelta la sonrisa. Es increíble cómo funciona nuestro cerebro: cuando observamos las acciones de otra persona, activamos en nuestro cerebro grupos de neuronas similares a las que se han activado en la persona que estamos observando. ¡No es magia! ¡Se llaman neuronas espejo! Y es una de las maneras primarias que tenemos para aprender. Sí, ¡en realidad mostramos mucha más atención a lo que hacen los demás, que a lo que dicen! ¡Que me lo diga mi alumno! Suzuki fue rápido a la hora de establecer la imitación como herramienta de trabajo principal en las primeras etapas de su metodología.
Más allá de las palabras
Como comenté antes, a menudo decimos algo que contradice nuestro ejemplo. La realidad es que nuestras acciones hablan más alto que nuestras palabras. Podemos decir a los niños y niñas lo importante y maravilloso que es leer todos los días, pero si nunca nos ven leyendo, ¿cuál es la probabilidad de que adopten ese hábito? Pocas veces caemos en la cuenta de cómo nuestro lenguaje no verbal es más determinante que el hablado. De hecho, ¿sabías que se estima que, en una conversación, la comunicación verbal supone el 7%; el vocal (tono y matices) el 38% y, el 55% restante, es lo que nos llega a través de la expresión corporal? Conocemos el poder de las palabras, pero ¿sabemos realmente el impacto de nuestra forma de expresarnos?
Coherencia entre palabras y acciones
Es fundamental que haya coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Podemos decirle a nuestra hija que no grite, que no coma chucherías o que lea cada día antes de irse a dormir, pero si nosotros mismos alzamos la voz con regularidad, comemos comida procesada y en vez de leer estamos viendo el móvil antes de irnos a dormir el mensaje se diluye. Las niñas y niños son observadores agudos y detectan rápidamente las incongruencias.
El impacto a largo plazo
Lo que aprendemos a través del ejemplo tiende a permanecer durante mucho más tiempo que las lecciones aprendidas a través de palabras. Recuerdo siendo niña que, de un día para otro, me dejaron de gustar las judías verdes, cuando siempre me habían gustado. Comencé a rechazarlas con vehemencia después de un campamento de verano. Posiblemente el plato de judías no era el más demandado por los niños y niñas que estábamos ahí. ¡Ay, la pillería infantil! Guardo con nostalgia las triquiñuelas que nos inventábamos mis amigas y yo para no comerlas y escaparnos del consiguiente enfado de los monitores. El efecto imitación, la necesidad de pertenencia al grupo, es lo que provocó que comenzase a rechazar una comida con la que, hasta entonces, no había tenido ningún problema.
La realidad es que, ¿cuántas veces hemos recordado una situación que presenciamos siendo pequeños? Esos momentos se quedan grabados en nuestra memoria y, a menudo, guían nuestras propias acciones en el futuro. Afortunadamente, después de unos cuantos dramas en la cocina de mi casa, volví a probar las judías verdes y comprendí que estaban buenas y que me gustaban.
La responsabilidad de ser un modelo a seguir
Todos, independientemente de nuestra posición, somos modelos a seguir para alguien. Podría ser un hijo, una sobrina, un compañero, una alumna o incluso un desconocido que nos observa desde lejos. Los valores no se enseñan, se viven. Si queremos niñxs honestos, debemos ser honestos. Si queremos niñxs respetuosos, debemos mostrar respeto en nuestras interacciones diarias. Cada acción que realizamos es una lección implícita sobre cómo actuar en el mundo. Esto es por tanto una gran responsabilidad, pero también una gran oportunidad. Una oportunidad única para influir positivamente en la próxima generación, para dejar una marca duradera en el mundo a través de nuestras acciones.
CONCLUSIÓN
Cada día, con cada acción, estamos escribiendo una historia. La pregunta es: ¿qué tipo de historia queremos que sea? ¿Una que inspire, motive y ayude a los demás? O ¿una que desanime y desvíe a los más pequeños del camino correcto? La elección es nuestra: asegurémonos de que nuestro ejemplo sea uno que valga la pena seguir.
Y vosotras, familias, profes, estudiantes ¿sois conscientes del poder tan enorme que tiene nuestro ejemplo? Os leo en comentarios 🎶 🌿 🧡

Así es! Hará ya un par de años estaba en una clase con adolescentes y alguien me comentó que lo normal es que cada vez la gente fuera más liberal y más progresistas… y le dijo que no siempre era así! Que si tenía oportunidad que alguna vez leyera Persépolis para ver como en Irán las cosas habían ido la revés … y mientras las madres habían vivido de forma libre las mujeres tenían que seguir las normas de los talibanes.
Un año después de aquella conversación , otra chica que estaba en clase pero que no era con quien hablaba me dijo… _ Gracias Rocío! Te acuerdas de aquel libro que le recomendaste a Alba? Pues apunté el título lo compré y lo he leído… me encantó! Hay un efecto mariposa en cada cosa que hacemos, por eso debemos de intentar hacerlo bien.
Me encanta tu reflexión final sobre el efecto mariposa de nuestras acciones 🧡
Gracias! Muchas veces, aún sin darnos cuenta, estamos haciendo o diciendo cosas que otros observan en silencio 🙂